La paz no llega cuando todo está en orden | ¿Cómo se consigue la paz mental?
- Angel Hernandez Duran

- 2 jul
- 3 min de lectura
Hay una pregunta que, de una u otra manera, todos terminamos haciéndonos alguna vez: ¿cómo se consigue la paz mental? La mayoría imagina que llegará cuando desaparezcan los problemas, cuando la vida finalmente se acomode o cuando las cosas empiecen a salir como las habíamos planeado. Sin darnos cuenta, convertimos la paz en un destino al que algún día esperamos llegar.
El problema es que la vida rara vez permanece quieta. Cuando resolvemos una preocupación aparece otra. Alcanzamos una meta y enseguida surge un nuevo desafío. Terminamos una etapa y comienza otra distinta. Si nuestra tranquilidad depende de que todo esté en orden, siempre encontraremos una razón para seguir posponiéndola.
Quizá por eso existen personas que, aun teniendo una vida estable, viven con una inquietud constante. También existen otras que atraviesan pérdidas, incertidumbre o momentos difíciles y, aun así, conservan una serenidad que resulta difícil de explicar. La diferencia no siempre está en lo que ocurre afuera, sino en la manera en que cada uno se relaciona con lo que vive.
Muchas veces creemos que buscamos paz, cuando en realidad lo que buscamos es control. Queremos saber qué va a pasar mañana, evitar que las personas nos decepcionen, asegurarnos de que nada cambie y proteger aquello que nos hace sentir seguros. Sin embargo, la vida tiene una costumbre muy particular: recordarnos una y otra vez que no todo depende de nosotros.
Es justamente ahí donde comienza gran parte del desgaste emocional. No porque existan dificultades, sino porque dedicamos una enorme cantidad de energía a pelear con una realidad que ya está ocurriendo. La mente empieza a discutir con el pasado, intenta anticiparse al futuro y rara vez permanece el tiempo suficiente en el único lugar donde realmente puede actuar: el presente.
Jiddu Krishnamurti escribió que la paz aparece cuando termina la resistencia a lo que es. Esa idea puede parecer sencilla, pero encierra una verdad profunda. Aceptar la realidad no significa resignarse ni dejar de actuar. Significa dejar de desperdiciar fuerzas intentando cambiar aquello que ya sucedió y dirigirlas hacia aquello que todavía podemos transformar.
También existe otra fuente de ruido que suele pasar desapercibida. A veces el conflicto no está en el mundo, sino en la relación que tenemos con nosotros mismos. Resulta mucho más fácil señalar lo que otros hacen mal que detenernos a mirar aquello que llevamos dentro y que preferimos no reconocer.
Carl Jung decía que uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad. Tal vez por eso hay personas que buscan paz cambiando de trabajo, de ciudad, de pareja o de rutina, pero siguen sintiendo la misma inquietud. Cambian de escenario, aunque la conversación que sostienen consigo mismas continúa siendo exactamente la misma.
La necesidad de aprobación, el miedo al rechazo, el orgullo, la comparación constante o el deseo de tener siempre la razón también ocupan espacio dentro de la mente. Mientras esas conversaciones permanezcan sin ser observadas, es difícil encontrar silencio. No porque seamos personas defectuosas, sino porque resulta imposible descansar cuando una parte de nosotros vive intentando demostrar algo todo el tiempo.
En la tradición hebrea existe una palabra que suele traducirse como paz: Shalom. Sin embargo, su significado es mucho más amplio. Habla de integridad, de plenitud, de una vida en la que las distintas partes de la persona dejan de pelear entre sí. No describe una existencia sin conflictos, sino una forma distinta de atravesarlos.
Esa idea aparece también en uno de los pasajes más conocidos del Evangelio. Mientras una tormenta sacudía la barca, Jesús permanecía dormido. El mar era el mismo para todos, las olas también, pero cada uno habitaba esa realidad de manera distinta. La tormenta estaba afuera; el miedo, en cambio, solamente había encontrado lugar en algunos de los que iban dentro de la embarcación.
Algo parecido ocurre en nuestra vida. No siempre podemos elegir las circunstancias que enfrentamos, pero sí podemos aprender a observar la manera en que respondemos a ellas. Ahí comienza una libertad que nadie puede otorgarnos y que tampoco depende de que el mundo haga exactamente lo que esperamos.
Tal vez la paz mental nunca consistió en construir una vida sin problemas. Tal vez consiste en dejar de exigir que todo ocurra según nuestros planes para poder descubrir qué nos está enseñando cada etapa, incluso aquellas que no habríamos elegido.
Al final, la paz tiene menos que ver con las circunstancias y mucho más con la forma en que aprendemos a habitarlas. El mundo seguirá siendo impredecible, pero eso no significa que nuestra vida interior tenga que vivir con el mismo desorden.

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